Cotos y paramentos de Badostáin en 1551

Los cotos y paramentos de este pueblo datan de 1551 y fueron leídos a la vecindad, después de aprobados por el consejo real, como “Cofradía de San Miguel”, donde han tenido por voto y costumbre de llegar y juntar a concejo para tales semejantes negocios, llegados a junta, bazarre y concejo por llamamiento de los jurados y concejo del dicho lugar”.  A tan histórico bazarre asistieron el rector del lugar y docena y media de vecinos, entre los que hallamos nada menos que un monedero, Joanes de Saigós.

El gran problema del lugar era la estrechez de los términos para el ganado, por lo que ya en el primer coto se limita a cuatro en número de bueyes de arada y de otras bestias mayores; en cuanto al ganado menudo, se tolera hasta 60 ovejas y carneros y 4 cabras. El que infringía este precepto y se negaba además a ser carnereado, según se usaba en todas partes, tendría que dar comida al concejo en pleno. En cuanto a los puercos, quedaba reducido a uno por casa, “ y aquel ligado en su cuerda, y no puedan andar por los términos”. Esto era reducir a los pobres bichos a la servidumbre más terrible, pero el bien común lo imponía sin duda. Los campos se llaman en Badostáin panificados, viñedos, dehesas y prados fenerales, que cuidaban los costieros, llevándose buena parte de las multas o calonias ( “calunias”, las llaman los cotos): media tarja de día y el doble de noche, mientras que los rebaños, desde 10 reses, pagarían 5 groses. Los rastrojos eran sagrados mientras hubiese heces. Había que atar corto a la gente.

La protección del escaso arbolado del lugar se manifestaba en la prohibición de hacer leña en el soto del Fresnal, pena de un cahíz de trigo; lo mismo se prescribe para el otro soto destinado a los bueyes, donde había “espinos y gurriones”. Debe tratarse de algún género de arbusto o mata, y no hemos visto en otra parte esta palabreja. No parece que tenga que ver con los gorriones.

En cuanto a la parte religiosa, se advierte la obligación de asistir uno cuando menos por cada casa a las “ledanías” y devociones acostumbradas, como en todas partes. “Vayan por su orden y con mucha devoción -se manda- y con mucho silencio, si reñir ni trabar cuestiones unos con otros que la cruz torne y entre en la misma iglesia...”

El que no justificase su ausencia quedaba obligado a entregar una libra de aceite para la lámpara del Santísimo.

Durante la misa o las vísperas, quedaba terminantemente prohibido jugar, pena de 6 tarjas a los que fuesen cogidos infraganti, el importe de otras tantas palomas entonces; no escapaban a esta pena los mirones. Se ve que este vicio llega a todas partes y que las ordenanzas tratan por todos los medios de corregirlo, no sabemos si con mayor éxito. Estos cotos de Badostáin más parecen un sermón que otra cosa, con tanta recomendación y tanta amonestación. Vamos a ver cómo debía comportarse la gente en el bazarre de la cofradía de San Miguel:

“Y cuando se juntaren en concejo, el jurado proponga el caso para que se han juntado, y después, cada uno por su orden con toda honestidad, sin alteración alguna, diga su parecer. Y así sin interponer unos a otros la habla, determinen lo que se debe hacer sobre el negocio...”

Palabras llenas de buen sentido que sirven para todos los tiempos y lugares. Los acuerdos se tomarían por mayoría, aunque hubiese algunos “de contraria opinión”. Tiene su interés la siguiente ordenanza o coto de sabor medieval, que se refiere al modo de juntarse el bazarre. Dice así:

“Asentaron que cada y cuando el jurado hiciere tañer la campana al mayoral para que se juntaren en concejo, por cuanto es costumbre de poner una candela, de cera encendida para que durante aquella se junten, que si mientras estuviese ardiendo la dicha candela, no viniere al dicho concejo o inviare a escusar, deciendo la causa porque no puede venir, y que terná por bueno lo que el concejo hiviere, que pague de pena media tarja...”

No dudamos que los perezosos tendrían que dar buenas zancadas más de cuatro veces, para llegar antes de morir la agonizante candela. Todas estas cosas y otras muchas fueron escritas por un notario venido exprofeso de Pamplona, que firma con dos vecinos estas ordenanzas destinadas a regir en adelante la vida del concejo. No será preciso aclarar que estos señores era los únicos que allí sabían escribir ( uno, el monedero), dado que el analfebitismo era casi regla en los pueblos pequeños y muy frecuente en los grandes, aun entre personas de algún relieve. Pero la gente vivía tan tranquila y conforme. El saber más o menos no hace mejores a los hombres. (del libro Rincones de la historia de Navarra de Florencio Idoate)